He observado a un atractivo veinteañero que se lía una goma alrededor del
cuello, ata el otro extremo a una espaldera, y luego hace muchas, muchas,
muchas repeticiones de cortos y rápidos movimientos de cervicales. ¿Será un
piloto de GP2 fortaleciendo el cuello para soportar los 300km/h de la
competición? ¿Será una joven promesa de la F1 que desea el amplio y fuerte
cuello de Fernando Alonso? Seguro que lo consigue… si sobrevive, porque algún día lo he visto
ponerse como un pitufo y me da a mí que este va a morir auto-estrangulado antes
de llegar al paddock. Le diría que cuando hace estos ejercicios con las muñecas
le llamo por lo bajini “pajillator-boy”, pero probablemente nunca se lo
diré.
He observado a la abuelita capoeira. Esta añosa y canija practicante de tan
curioso ¿baile? Con su kimono un tanto carcomido y raído, tiene predilección
por situarse ante el espejo a ensayar durante horas sus Gingas y Au Batidos. De
vez en cuando alguna de sus patadas topa con el muslo de alguna inocente
corredora que tranquilamente estira su piramidal y aunque ésta se la mira con
su peor cara de malas pulgas, la luchadora abrasileñada persiste en poner a
prueba su paciencia y serenidad. Le diría que se
autopropulsara directamente a Sao Paolo a practicar esta (supuestamente)
amistosa y sin contacto actividad. Pero probablemente nunca se lo diré.
He observado al falso-albino-pakistaní. Es un peluquero de esos que hacen pruebas
consigo mismos. Con su corte punki en rubio platino, sus bermudas de camuflaje y
su ceñido top fucsia, se planta sin previo calentamiento en la cinta de correr,
a lo bruto, la pone a 16 km/h y cuando ya no puede más, justo unos segundos
antes de estamparse contra el cuadro de mandos del aparato (a los 3-4 minutos
de haber empezado, como mucho), pulsa el stop de emergencia y sin estirar ni un solo músculo se
desplaza a la zona de pesas, donde pasa unas 2 o 3 horas de cháchara con sus
compatriotas. Curioso runner el peluquero falso-albino-pakistaní. Le diría que
me parece el híbrido perfecto entre correcaminos y Rihanna. Pero
probablemente nunca se lo diré.
He observado a la elegante y glamurosa treintañera de la cuidada estética
body mind. Me llama la atención lo mucho que le cunden (aunque sólo psicológicamente) los
ejercicios. Tras ponerse a 4 patas y hacer 5 o 10 repeticiones a lo sumo de “la
patada del perrito” (o del asno, como se quiera), sin peso en los tobillos, sin
gomas, sin resistencia alguna…… se levanta y se va con las manos en sus muslos, orgullosamente, comprobando los efectos del durísimo trabajo. Parece que se
dice “Mmmm! Que tonificados están ahora mis glúteos, como una piedra!”. Le
diría que debería cambiar los consejos de Belleza & Fitness de la Telva por
un buen artículo sobre fuerza y tonificación de la SportLife. Pero probablemente
nunca se lo diré.
He observado a la delicada bailarina. Tras un poco de elíptica, con muy
poca resistencia, no vaya a ser que desarrolle músculo y pierda su liviana
esbeltez, se calza sus bailarinas (de las de verdad) y se planta en una
espaldera a repetir sus assemblés, croisés y demi pliés. Le diría que se aleje
de mi, que a su lado parezco la mismísima Arantxa Sánchez Vicario antes de
volverse fina. Pero probablemente nunca se lo diré.
Y yo ahí, juzgando de frikis a los demás, con la camiseta de la Cursa de
Bombers del 2003, las zapatillas amarillo flúor, los calcetines hasta la
rodilla, el pelo enganchado a la frente por el sudor, los auriculares perfectamente
enmarañados entre el top-sujetador y la banda torácica del pulsómetro,
intentando no caerme sobre algún inocente cuando salto sobre una media pelota gigante puesta del revés, con un balón medicinal entre manos, o cuando intento no
descalabrarme al simular la zancada de carrera a la pata coja, con un pie esclavo
de un tirador de la última y sofisticada máquina que ha llegado al gimnasio. Dice
el monitor (perdón, el técnico en fitness) que es lo último para el trabajo
funcional de la fuerza. Me diría a mi misma que, visto lo visto, “es más fácil
ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio”, pero probablemente nunca
me lo diré.
Parece que cuando mentimos se produce una activación cerebral en las
profundidades del sistema límbico (centro de la emoción), los lóbulos
temporales (centros de la memoria) y el lóbulo frontal (centro ejecutivo, de
toma de decisiones). Eso de mentir, pues, supone un gran gasto en términos
de actividad cerebral, pues el frontal, para decidir mentir tiene que suprimir
la información almacenada en el cerebro (la verdad).
¡Vaya! me pregunto si toda esta activación se produce también cuando
simplemente “no se dice todo lo que se piensa”, un imprescindible acto de
autocontrol que asegura nuestra supervivencia en los gimnasios y otros
entornos.
¿Y qué pasa cuando nos mentimos a nosotros mismos, y nos creemos nuestras
propias mentiras? ¿Se tendrán que activar zonas adicionales? Un cerebro
engañándose a sí mismo, y creyéndose sus engaños…. Suena muy complicado. Tanto como no ver la viga en el ojo propio, seguramente.
Pues de mis secretos-microestudios-sociológicos, no solo en el gimnasio, sino
también durante las carreras, y con la estimable ayuda de Amelie-S, he extraído
algún provechoso aprendizaje.
Que la diversidad humana es fascinante. Conviene respetarla. Y ante sus
inconvenientes, mejor reírse, y mucho. “Nadie es como otro. Ni mejor ni peor.
Es otro. Y si dos están de acuerdo, es por un malentendido” (Jean-Paul Sartre).
En cuanto a los autoengaños..... creo que seguiré con los míos, gracias. ¡Aix! Cuánto friki hay en el gimnasio, ¿verdad?
En cuanto a los autoengaños..... creo que seguiré con los míos, gracias. ¡Aix! Cuánto friki hay en el gimnasio, ¿verdad?















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