He celebrado mi ecuador de este
viaje con un poquito de spining. Lo hago exquisitamente bien. Hasta las gotas
de sudor que caían de mis brazos hoy lo hacían siguiendo la cadencia. Perfectas.
He seguido su movimiento. Del brazo a la
pierna y de ahí al suelo. Al ritmo de la música. Y al de mis piernas. Y adiós
gota. Me he pasado 45 minutos repitiendo la observación y el pensamiento.
Pero esto va de correr. Y también
he corrido hoy. En la cinta. No me gusta. Odio no llegar a ninguna parte. Fue
mejor ayer. Uno de esos entrenos para marcar con una X. En mi caso, para
enganchar dos estrellitas en el diario de entreno que me regaló Amélie-A. He elegido dos rojas.
Atrapada desde hace un par de
semanas en una telaraña vieja ya, conocida y un poco desconcertante, necesitaba
un “break point” y lo encontré bajando del castillo de Montjuic. Dejé de
pensar. Por fin. En el kilómetro ocho, más o menos, mi cabeza paró. Y ya sólo
era piernas corriendo y mirada puesta en una nube. Una tontería, lo sé. A mí me
pareció que tenía forma de tornado. A quien iba conmigo que era de
paracaidista. Otra tontería. También lo sé.
Resultado del entreno: rabia
concentrada para la media maratón de Barcelona del próximo domingo, escoba
pensando en cómo eliminar telarañas y ganas de una copita de vino tinto.

Esperaremos unas semanas para la
copita. Elegiremos bien el vino. Hoy estoy pensando en un mencía de León. Me
gusta lo que consigue esa uva. De un racimo tan pequeño y tan compacto una
sensación tan suave, fluida y potente a la vez. Hoy elegiría un mencía y “Beautiful
day” de U2 de fondo. Mañana quien sabe.